Guča festival y porque sigo amando a los gitanos.

Guča es un festival que difiere bastante de los típicos festivales Europeos de verano, primero porque puedes asistir a los conciertos y acampar de manera gratuita, y además por la propia estructura del festival y porque las bandas no son números 1 ni en pop, ni en reggae ni en rock. Guča es un festival loco, muy loco e interesante si te gusta saltar al ritmo de la más pura música balkan. Por casi 24 horas las bandas llegadas de otros pueblos de Serbia tocan sin parar mientras recorren las calles de Guča, pueblo que le da nombre a este evento que es en realidad una competición de bandas de trompetas. Entre un entresijo de calles, asistentes y humo con olor a carne asada proveniente de los improvisados puestecillos, las trompetas y tambores que marcan el ritmo suenan por cada rincón y los pequeños gitanillos tocan sus acordeones a la espera de alguna propina. Son muchas las familias de gitanos que se acercan a Cuča para pedir limosna o hacer algún tipo de trabajo como recogida de basura.

Cuando llegué a Cuča con mi amigo Balti acampamos en una de las orillas del rió junto con otros viajeros llegados de la Europa Central y justo en la orilla de enfrente acampaban varias familias gitanas que habían llegado al evento para intentar hacer algo de dinero, así que el río quedó improvisadamente dividido, “payos” a un lado y “gitanos” al otro.

No iba a esperar de ninguna de las maneras ningún altercado en nuestra “zona de confort” de acampada, pero pasó. Una noche mientras dormíamos dentro de tienda de campaña alguien comenzó a gritar desde afuera y  a golpear la tienda con agresividad, enseguida intentamos salir de ella para saber qué ocurría, pero no pudimos abrir la cremallera que estaba rota hasta pasados unos minutos, por lo que las personas siguieron agrediendo la tienda con patadas y puñetazos y nosotros pues no pasamos lo que se dice un buen momento a oscuras y sin tan si quiera saber quién era esa persona ni poder mirarle a los ojos directamente.

Según la “sabiduría popular” la raza gitana es una de las más cercanas entre ellos mismos, la que siempre defienden a los suyos, la que sienten como familia a quien está en su círculo, así que mi acto reflejo fue mudarme a la otra orilla del río, allí, donde las familias gitanas acampaban entre montañas de botellas de plástico y latas de cerveza que después cambiarían por un poco de dinero; dos tiendas de campaña, una montaña de botellas, dos tiendas más, una montaña de latas de cerveza, y así.

Cuando nos instalamos en esta orilla de enfrente Balti se echó a dormir y yo salí a conocer a estos improvisados vecinos ya que es de buen agrado saludar a las personas con las que has de convivir y también porque ante el sobresalto quería hacerme un hueco en su grupo, y así me senté alrededor del fuego, y así volví a sentir el calor humano de estas gentes.

Trabajan recogiendo las montañas de basura que el resto de mortales desechamos, son familias enteras y numerosas que no se hospedan en hoteles si no en la calle directamente. Como siempre aquellos que menos tienen son los que más ofrecen, por ejemplo, si tenían dos raciones de comida para toda la familia me ofrecían una de ellas solo para mi, y lo más importante, risas, sonrisas, miradas sinceras y bonitas, calor, mucho calor humano… que al llover te enseñen las palabra Kisha (lluvia en servio) ¡qué bonita palabra! Creo que al no tener propiedades materiales en abundancia construyeron sus personas con unos valores humanizados. Cada grupo social tiene sus características, pero si alguien quisiera entender el trasfondo de estas personas necesitaría acercarse a ellas sin prejuicios, abiertos, limpios de estereotipos, dejándose llevar.

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No abren las puertas a las nueve de la mañana ni a ninguna otra hora, se duerme aquí mismo, pues más que una escuela en una comunidad. Se levantan a las seis en punto cada mañana y se empieza el día con yoga y meditación. No hay pupitres ordenados mirando a ninguna pizarra, ni exámenes, ni calificaciones, como tampoco hay grupos de niños clasificados por edad. Aarohi es un espacio abierto, un lugar de convivencia y aprendizaje personal y grupal en plena naturaleza en Bodichipalli, Tamil Nadu, en la India más rural.