¿De quién es el mundo?

Cada año millones peces, aves y mamíferos se ven obligados a emigrar debido a que las condiciones de vida se vuelven hostiles allá donde viven y no hay otra golondrina, salmón o caribú que les haga una zancadilla en el camino, sin embargo ¿qué clase de especie animal somos nosotros los humanos? Es una fácil metáfora y tan absurda que no debiera existir. Es aterrador sentir la realidad de cerca, la crueldad de los dueños del mundo, aquellos que levantan los muros y crean fronteras en éste, el mundo de todos, apoderándose de él. Es un tópico pero es tan tangible como un puñado de arena. Los que hondean las banderas nos cargan sus colores a nuestras espaldas haciéndonos prisioneros de la propia vida que debiera de ser libre.

Hace poco más de un mes que llegué a Grecia y aquí se respira tanta calma como desesperación. Hay cerca de 60.000 refugiados que llegaron a Grecia y no pueden salir de aquí porque no tienen la autorización para moverse por el hecho de acunar una bandera Siria, Afgana, Iraquí, Marroquí, Paskitaní y otras más, y sí, aun les queda la opción de volver a su tierra, aquella sobre las que los mismos que ponen los muros permiten la guerra, aquella en la que los castigan por pronunciar su opinión o en la que les matan por su orientación sexual.

El simple hecho de llamarlos “refugiados” es indigno, en realidad son Mhamad, Abood, Ahamed, Fotsia, Victor…son padres, madres, hermanos y hermanas, estudiantes, ingenieros, músicos, niños, artistas… son muchas cosas más pero desde que las guerras son un negocio han perdido su identidad hasta el punto de solo ser “refugiados”. Y por eso, solo por eso, porque nos cargaron con banderas de distintos colores a nuestras espaldas, yo puedo moverme “libre” y ellos están prisioneros.

Llegué a Grecia y después de pasar unos días en playas azules y bellísimas la vida me trajo a Thessaloniki, aquí llevo poco más de un mes (no se el tiempo exacto porque suerte por ahora no tengo ni reloj ni calendario) y aunque vine con la intención de ponerme enseguida a trabajar en campos de refugiados la verdad es que es lo que menos he hecho. Desde que llegué sentí la necesidad de encontrar un hogar para pasar una temporada aquí y después de más de un mes en esa búsqueda sigo, y por eso ante el “caos” de cambiar cada pocos días de casa no he acudido en profundidad al campo, sin embargo llevo todo este tiempo acompañando a algunas personas que les dicen ser “refugiados”.

Convivimos en algunas casas ocupadas algunas personas de muchas partes de este mundo, sin embargo algunos de nosotros elegimos estar aquí mientras otros se encuentran obligados a ello. Vivimos en varias casas que al haber sido abiertas recientemente no tiene un nivel de higiene ni de organización habitual en un hogar, y claro, para los que lo elegimos es una cosa pero el que se ve obligado/a lo acepta de otra manera. Estas personas de las que os hablo rehúsan de vivir en los campos de refugiados, pues sin pararme a describirlos aquí, son tipos de cárceles y es por eso que viven en la ciudad. Aquí no cuentan con ningún tipo de ayuda por parte del gobierno, ni de la UE ni de su familia que no se encuentra en situación de enviarle dinero, así que la panorámica es que se encuentran sin vivienda, sin comida, sin una muda de ropa para cambiarse (he de decir que gracias a la solidaridad de muchas personas sí pueden comer o contar con algunos medios, pero solo gracias a las personas que han llegado aquí para apoyar esta situación).

Estas personas con las que convivo día a día son chicos de entre 20 y 25 años que tras duras historias a sus espaldas han llegado solos a esta nueva tierra, son personas que han roto su vida, su entorno familiar, sus estudios, sus trabajos, y a esta temprana edad y en ese mundo roto aun no saben cual es el futuro que le espera porque de su tierra se vieron obligados a huir y a la tierra que desean llegar les construyeron altos muros. Así que no son libres de andar, uno de los actos innatos del ser humano, vaya paradoja. Por eso esta reflexión, esta pregunta que resume el sentimiento que recojo desde que estoy aquí: ¿De quién es el mundo? ¿De quién?.

Me quedo con el amor, con esos abrazos que nos damos cada día, con esas sonrisas que a pesar de estar rotas por momentos salen del corazón, con los ojos brillantes y con las noches de bailes, con cada “buenos días” y con cada “buenas noches”. Me quedo con esta frase pronunciada por ellos: “Creo en un dios pero que le jodan a este dios que permite esto”.porte a la mafia podríamos estar de acuerdo, pero ¿cuál es el sentimiento que brota cuando conoces a una familia q

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Hace ocho años, primera vez que vine a India y primera vez en un país en vías de desarrollo, mi amigo Ángel que ya había estado varias veces por aquí y en otros países con alta taza de pobreza me dijo que él no daba ni daría dinero a los niños que piden en las calles.

La escuela libre. El derecho del niño a ser quien es

No abren las puertas a las nueve de la mañana ni a ninguna otra hora, se duerme aquí mismo, pues más que una escuela en una comunidad. Se levantan a las seis en punto cada mañana y se empieza el día con yoga y meditación. No hay pupitres ordenados mirando a ninguna pizarra, ni exámenes, ni calificaciones, como tampoco hay grupos de niños clasificados por edad. Aarohi es un espacio abierto, un lugar de convivencia y aprendizaje personal y grupal en plena naturaleza en Bodichipalli, Tamil Nadu, en la India más rural.